¡Hola Blogueros!
Podeis consultar más detalles sobre esta iniciativa, en la web del grupo NOU BARRIS LITERARI:
¡Hola Blogueros!
Podeis consultar más detalles sobre esta iniciativa, en la web del grupo NOU BARRIS LITERARI:
Nada más despertarme y volver a
la consciencia el primer pensamiento que viene a mi cabeza es ella. Cada lunes,
espero ansioso ese momento en el que ella viene a visitarme a mi habitación.
Con su voz alegre y dinámica, esa actitud positiva, acompañada de su mejor
sonrisa para darme los buenos días.
Entra en la habitación con su
uniforme blanco inmaculado, y su carrito bien ordenado con varios desayunos,
entre ellos el mío. Coloca cuidadosamente la bandeja sobre mi regazo y yo
inmóvil y algo aletargado le devuelvo el saludo y la sonrisa. Le pregunto como
ha ido su fin de semana; si ha hecho algo especial; si ha visitado algún lugar nuevo;
si ha pasado tiempo con sus familiares y amigos; si ha hecho buen tiempo…
Cualquier tema es bueno, por banal que parezca, para intercambiar unas palabras
con ella. Toda información que descifre en sus respuestas sirve para hacerme
una idea de como es. Qué cosas hace; qué le gusta; donde va; con quien se ve;
quisiera saberlo todo sobre ella.
Son escasos cinco minutos los que
está en la habitación conmigo, pero para alargar ese momento al máximo siempre
le pregunto alguna cosa. Si tengo suerte, hago la pregunta correcta, está
animada y no tiene prisa, puedo robarle unos minutillos más. No siempre es
posible porque tiene que seguir la ronda y atender a otros pacientes, pero
cuando lo consigo es muy gratificante. A veces invento excusas como si puede
traerme un vaso de agua extra, alcanzarme algo de la mesita de noche o del
armario. Incluso he dejado caer la almohada al suelo para que ella pueda
recogerla y recolocarla en su sitio. Fue un gran esfuerzo que mereció la pena.
Son pequeños caprichos que me dedico
porque mi salida de esta cama de hospital es incierta. No sé cuanto tiempo me
queda aquí. No me quejo, al contrario. Tengo que aprovechar cada minuto con
ella.
Tomo la medicación que me da y al
poco me entra sueño. Y oigo su voz alejarse mientras dice: “Nos vemos mañana”.
¿Quieres saber más sobre nuestro nuevo proyecto con DIVERSIDAD LITERARIA?
Se trata de describir nuestra máquina del tiempo. ¡Que no cunda el pánico! No se pide un relato de ciencia ficción ni científico, sino más bien sentimental. Se trata de evocar ese objeto que nos traslade al pasado, con buenos o malos recuerdos, y nos permita imaginar un futuro con sus esperanzas o temores. Se trata entonces de encontrar un artilugio que nos lleve a un viaje interior desde el pasado hacia el futuro. Puede ser cualquier cosa, grande o pequeña, propia o ajena, sólida o etérea.
AQUI podeis encontrar más relatos de esta convocatoria.
No me considero una persona supersticiosa, pero si una
verdadera romántica. Lo conocí de una forma divertida y accidental, en una
excursión por el bosque con unas amigas. Aquel mismo día encontré un trébol de
cuatro hojas y me lo llevé a casa para enmarcarlo. Creo que mi suerte cambió
desde entonces, comenzamos a salir, nos fuimos a vivir juntos enseguida y
tuvimos una larga y feliz relación.
Una noche tuvimos una fuerte discusión que acabó con un
portazo suyo al marcharse de casa. El cuadrito con el trébol mágico se cayó y
el cristal que lo protegía se rompió. Disgustada, fui a buscar la escoba para
recoger los cristales y cuando regresé el trébol ya no estaba. Mi gatita Luna
se lo había zampado.
A partir de aquel día mi suerte fue a peor. Aparte de dejarlo
con mi pareja, poco tiempo después perdí mi trabajo. Tuvimos que vender nuestro
piso en la ciudad, que tanto me gustaba, y marcharme a vivir al pueblo de nuevo
con mis padres.
Fue cuando empecé a sospechar que aquel maldito trébol tenía
la culpa de todos mis males. Me sentía desprotegida. ¿Sería posible que durante
todos aquellos años en casa nos hubiera estado cuidando? Desde el momento que
nos conocimos nos acompaño y regaló muchos momentos felices en nuestra vida en
común. Pero aquella mala temporada se estaba alargando demasiado para mí.
Ahora lo peor ya ha pasado. Aquí en el pueblo he conseguido
por fin un nuevo trabajo en una pastelería y parece que he encontrado mi
verdadera vocación. Estoy aprendiendo este dulce y creativo oficio, al mismo
tiempo estoy recuperando viejas amistades y también creando nuevas. Mi vida ha
dado un giro absoluto e inesperado. Hay momentos en los que no puedo evitar
pensar en ello.
¿Quién será el responsable? ¿Será el destino? ¿Haber tomado
una buena decisión y volver a los orígenes? ¿La vieja herradura que preside la
entrada a la casa de mis padres? ¿O quizá mi viejo trébol perdido? Cada vez que
acaricio la panza a mi gatita Luna no puedo evitar pensar en ello…
AQUI puedes encontrar leer el resto de relatos de esta convocatoria.
¿Quieres saber más sobre nuestro nuevo proyecto con DIVERSIDAD LITERARIA?
Hay mañanas que al ir a ducharme
para salir pitando a trabajar, evito mirarme al espejo. El reflejo que me
devuelve estos últimos meses me inquieta. No es por ver como el paso del tiempo
se ceba conmigo ya que nunca he sido especialmente presumida. Descubrir una
cana nueva por aquí y alguna pequeña arruga o mancha en mi piel por allá, no me
quita el sueño, aún. Pero sí que hay pequeños detalles que veo en el espejo que
me perturban y hacen que los engranajes de mi mente se pongan en marcha y mi
traicionera memoria me devuelva recuerdos que ya estaba empezando a olvidar.
No puedo evitar recordarla cuando
al mirar mi reflejo la veo a ella. Los mismos ojos de ese peculiar tono gris
tirando a violeta, que inspiró mi nombre. Ahora ya apagados y cansados, sin
fuerzas ni ánimos para luchar por nada ni nadie. Esa boca pequeña que antes, con
sus labios carnosos y aquel tono rojizo invitaba a besarla, pero que ha ido
perdiendo la intensad de la juventud. Ahora con ese gesto torcido como de
desaprobación por todo lo que nos ha deparado la vida, o por todo aquello que
nos ha negado.
Esas orejas pequeñas, pero
caprichosamente arqueadas hacia delante, como si estuvieran preparadas para
huir en cualquier momento, pero que al final siempre se quedan por pura
cobardía.
Nuestra redondita y chata nariz,
herencia familiar de varias generaciones, por la que se deslizan
caprichosamente mis gafas. Hacen que con mi mirada por encima de ellas aparezca
una listilla descarada y prepotente que desprecia abiertamente cualquier
comentario o idea ingeniosa que se te ocurra, como ella también solía hacer,
pisoteando cualquiera de mis ilusiones juveniles. ¡Ay, esa nariz, si hubiera
ido creciendo con cada mentirijilla suya! La de disgustos que nos hubiéramos
ahorrado, o quizá no.
El pelo negro como una noche sin
luna, pero mágicamente rojizo bajo los rayos de sol. Ensortijado y rebelde,
aunque pareciera libre, más bien resultaba caótico y desordenado, imposible de
peinar y dominar, como ella misma, supongo.
Al lavarme las manos menudas, veo sus
dedos cortitos y regordetes, y recuerdo sus uñas tan bien recortadas, limpias y
perfectamente pintadas, cuidadas como las de una señora, aunque no se puede
decir lo mismo de las mías, olvidadas de cualquier arreglo.
En ocasiones sale de mi boca
alguna expresión, como aquellas que ella utilizaba habitualmente y que tanto
odio oírmelas decir ahora. Como cuando decía orgullosa “el único libro
que me he leído fue el misal de la comunión”. No dudo que un hada del bosque
del “Gran Conocimiento y Curiosidad” fallecía irremediablemente al pronunciar
aquellas palabras, lo sé. Y algo del poco respeto y admiración que me quedaba
por ella, si es que alguna vez lo tuve, también.
La recuerdo sentada, mirando hacia la
televisión, como si fijara la vista en la pantalla. Pero su mente volaba, ya no
estaba allí sino calculando y tejiendo alguna historia con la que conmovernos y
pedirnos algún favor. Mientras lo hacia sus inexistentes cejas, en su juventud
finas y cuidadas, ahora desaparecidas y sustituidas por una delgada línea
pintada, marcaban una expresión y un ánimo distintos según su habilidad de esa
mañana para ser dibujadas, por su tembloroso pulso.
Cuando yo era niña y quería
castigarme o hacerme sentir culpable por cualquier cosa que hiciera que no
fuera de su agrado, me decía con voz muy afectada “Eres igual que tu padre”.
Siempre lo asocié a algo negativo, ya que interpreté que debería ser una mala
persona por habernos abandonado. Y automáticamente buscaba la manera de
compensarle mi mal comportamiento y el mal trago, alagando su maestría en la
cocina, su inteligencia y desenvoltura con cualquier cosa, cuando en realidad
era negada para todo, no por capacidad, sino por falta de interés y cobardía,
que es la peor razón por la que uno se frena a hacer cualquier cosa en la vida.
Crecí como una niña insegura,
temerosa de todo, tímida en cualquier relación social, acobardada ante toda
novedad, rendida antes de empezar cualquier proyecto, miedosa del futuro, nunca
decidida a emprender nada nuevo, ni me veía suficiente atractiva o interesante
para que nadie se fijara en mí. Y ella lo sabía, y lo peor de todo es que lo
alimentaba. Me moldeó a su medida, me convirtió en una hija complaciente hasta
tal punto que llegué a vestir exclusivamente con la ropa que ella me compraba,
utilizaba su misma colonia, escuchaba la música que a ella le gustaba, solo
íbamos al cine a ver las películas que ella escogía. Mi única rebeldía era
escaparme de vez en cuando a la biblioteca, o leer a escondidas en casa alguna
novela romántica, que camuflaba entre mis cuadernos y libros de la escuela,
convencida que allí nunca las encontraría. Nunca me di ningún capricho de niña,
eso me ha hecho ser la mujer austera que soy ahora. Tenía una pequeña hucha que
los primeros años alimentaba con ilusión con algunas aportaciones que me daban
mis abuelos y mis tíos. Con cualquier pretexto, como una imperiosa
necesidad ella me demandaba y yo siempre la abría para ayudarla, pero luego resultaba ser algún capricho, un vestido o
perfume nuevo que ella se regalaba. Y yo tonta de mi, siempre caía en la trampa.
Siempre fue una madre posesiva y
exageradamente protectora. Su vida se centró en mí y mi vida fue la suya. Su
decepcionante historia de amor con mi padre, al que nunca conocí, hizo que se
amargara la vida pensando en lo dañinos y engañosos que eran los hombres, e
intoxicando la percepción que tendría de ellos durante mucho tiempo.
Pocos hombres se interesaron por
mí, y todos ellos huyeron de mi lado al conocerla. Y ella lo sabía, que con
cada decepción amorosa, más me anclaría a su lado. Hubo una temporada en la que
me aventuré a salir con algunos amigos de mis amigas. El experimento no salió
bien del todo, fue una época en la que me lo pasé bien, aunque con una
decepción tras otra.
Cuando me arreglaba para salir, o
pasaba la noche fuera, la cara se le transfiguraba. Al regresar siempre me
esperaba para decirme: “Esta Violeta no me gusta”. Y cuando se enteró que
empezaba a salir con gente que conocía por Internet, entonces eso ya la superó
del todo.
Volvió a recurrir al viejo truco
que ya utilizaba en mi infancia para salirse con la suya, pero que ahora ya no
funcionaba. “Cualquier día de estos me tiraré por el balcón y acabaré con
todo”, me decía. Ya podeis imaginaros lo que supone oír esto a tu madre con escasos
diez años cumplidos.
Estuve años temiendo el sonido
que marca el final del programa en la lavadora, pensando que al salir a tender
la colada a la terraza cumpliera su amenaza. Siendo ya adulta, la miraba de
reojo al salir fuera, y confieso que en alguna ocasión pensabas si sería ese el
día, pero una pequeña parte de mi se decepcionaba al comprobar que de nuevo no
tenía agallas para dar el paso. Si tan cansada de vivir estaba, según ella me
recordaba incansablemente cada día de nuestras vidas, ¿por qué no lo hizo nunca?
Ella ya no está y tengo una extraña doble sensación que me inquieta. Por un lado, cierta tristeza al pensar que he perdido a la constante de mi existencia y me siendo como una niña perdida. Por otro, cierto alivio y ligereza al saber que el lastre que frenaba mi vida y me impedía disfrutarla, ya no está y soy libre para hacer nuevas amistades, vestirme como quiera, escuchar la música que realmente me guste, disfrutar de nuevas películas y viajar donde y con quien me apetezca.
AQUÍ podreis leer el resto de relatos participantes en esta propuesta.
¡Hola Blogueros!
Seguimos disfrutando del verano y también sufriéndolo un poco con los calores extremos de estos días. Solo dan ganas de estar en remojo o a cubierto, ¿verdad?
A aquellos que aprovechen el verano y sus vacaciones para dedicarle tiempo a la lectura aquí os hago unas propuestas que quizá os gusten e interesen. Relatos cortos y variados para todos los gustos de mano de nuestros amigos de EL TINTERO DE ORO.
Como algunos ya sabreis, a raiz de sus concursos anuales de microrelatos, publican cada final de curso una Antología con los relatos más votados.
Aquí os hago un recordatorio de algunos que ellos, que podeis encontrar en Amazon:
¡Hola a tod@s!
Quería compartir con vosotros una nueva aventura literaria
en la que me he embarcado recientemente.
Se trata de un proyecto literario junto a otros seis
autores, con la editorial DIVERSIDAD LITERARIA. ¡Vamos a publicar una Antología
de relatos de misterio y terror, titulada “LOS NOMBRES ESCRITOS AL MARGEN”! ¡Es
una gran oportunidad y no podía dejarla escapar!
Vosotros podeis tener un papel esencial en este proyecto,
puesto que la publicación funciona como una preventa. Si llegamos al objetivo
inicial de 100 ejemplares vendidos entre todos los autores, la editorial pondrá
en marcha la publicación.
Adquiriendo un ejemplar no solo estarás comprando un libro,
sino que estarás convirtiendo este pequeño sueño de cada uno de los siete autores
que participamos en una realidad.
Aquí tienes el enlace de la web donde encontrarás toda la información sobre cada una de las opciones disponibles.
Me encantaría que fueras parte de este proyecto y que me comentaras que te ha parecido.
¿Estás preparado para adentrarte en "LOS NOMBRES ESCRITOS AL MARGEN"? Siete autor@s dan vida a historias donde nada es lo que parece y cualquier detalle puede esconder una verdad inquietante.
Nuestro libro va sumando poco a poco nuevos lectores. Tú tampoco puedes perderte nuestras historias, que harán que quieras seguir conociendo nuevos personajes y disfrutar de cada página. Una antología de relatos de misterio y terror que te dejará con ganas de más. ¡Estoy deseando firmarte un ejemplar! ¡Cuento contigo, tienes un papel esencial!
¡Muchas gracias por colaborar en nuestro proyecto!
¡Un abrazote a tod@s!
El pasado mes de Junio, nuestros amigos de "EL TINTERO DE ORO", retomaron de nuevo la idea de la convocatoria anónima para la nueva edición de su concurso. Esta vez tomando como partida al escritor ARTURO PEREZ REVERTE y su famosa novela LAS AVENTURAS DEL CAPITAN ALATRISTE.
Aun no sé cómo, de un día para
otro, carteles con mi nombre y mi rostro dibujado se repartieron por todas las
aldeas del lugar, ofreciendo una suculenta recompensa a quién consiguiera
encontrarme y entregarme a las autoridades para ser ajusticiada.
Todo lo que al principio fueron
acciones bien valoradas y recompensadas, elogios por mi buen hacer y
recomendaciones por mi trabajo a otras personas que necesitaban mi ayuda, ahora
se han convertido en herejías y blasfemias, actos impuros y diabólicos bajo la
influencia de las artes oscuras.
Cuando el Conde envió a buscarme
hace un par de años, para que su amante que estaba encinta, perdiera al hijo
que llevaba en sus entrañas, no le importaron mis métodos ni sus orígenes, solo
el resultado. “Haz lo que haga falta para deshacernos de la criatura”,
dijo. “Lo importante es que ella sane y que su marido, muy influyente en la
corte, no se percate de ningún cambio en su persona”. Y así resultó.
Cuando el Abad me encargó una
eficaz medicina para aliviar el sufrimiento de una anciana heredera sin
descendencia, que donaría todo su patrimonio a la iglesia, tampoco le preocupó
de donde extraje los ingredientes mientras fuera el resultado final esperado. “Que
sea un tránsito plácido y tranquilo”, me sugirió. Y así fue.
Cuando la hija de la Baronesa me
pidió entre lágrimas que recuperara a su marido perdido hacía meses en alguna de
aquellas interminables luchas en tierras lejanas, y lo hiciera volver junto a
ella sano y salvo, no pensó en ningún momento que hiciéramos nada malo ni en
contra de su credo. “Aunque lo saques de entre los muertos”, me dijo. Y
así lo hice.
Me buscan para llevarme frente al
inquisidor que, con su única e indiscutible autoridad, aplicará su aplastante veredicto
en un juicio acelerado e improvisado. Mi sentencia se ejecutará el mismo día
sin dar tiempo a defensa ni réplica ninguna para intentar mi salvación. En cada
plaza mayor tienen una hoguera siempre presta para los juicios precipitados que
en estos tiempos se ejecutan demasiados y a menudo, según ha llegado a mis
oídos. Tenerlas allí a la vista de todos resulta aleccionador, una muestra de
que su ley implacable funciona, y así disuadir a cualquiera que pretenda seguir
nuestros pasos.
Pero ellos no entienden que
nosotras no servimos a ninguna ley, sino a nuestra naturaleza. Nosotras no
hemos nacido para morir entre las llamas ni arder en el infierno, como muchos
de ellos aseguran. De donde yo vengo, nos llaman mujeres de agua. Solemos
habitar en las montañas, en alguna gruta oculta a la vista de todos, y siempre
cerca de algún estanque, salto de agua, fuente o corrientes de agua o lagos
subterráneos.
El bosque nos provee de todo lo
que necesitamos para nuestra subsistencia y también de todos los ingredientes
necesarios para crear nuestras medicinas y curas, tan valorados por todos
cuando la enfermedad o cualquier otro problema surge en sus vidas, y ningún
rezo o plegaria resulta eficaz ni les da los resultados que esperan.
Somos mujeres estudiosas de las plantas y sus propiedades sanadoras. Nos movemos por los mercados y las aldeas en buscar de provisiones a cambio de nuestros remedios curativos. Somos fácilmente reconocibles, vestidas con nuestras túnicas holgadas y nuestro cabello suelto, al contrario de las aldeanas virtuosas o damas adineradas, que lucen sus ceñidas vestiduras y sus peinados recogidos, siempre prestas para satisfacer las miradas de sus devotos pretendientes y las necesidades de sus exigentes esposos.
Corren leyendas sobre nosotras,
siempre rodeadas de un aura de misterio. Eso favorece que todos crean que somos
seres venidos de los infiernos que, con nuestra indiscutible belleza y nuestras
malas artes, influimos en las mentes débiles e inocentes que se cruzan en
nuestro camino, y las pervertimos para que sirvan al mismísimo diablo.
Somos mujeres de lo más corriente
pero lo único que perseguimos es ser libres, no servir a nadie y a todos al
mismo tiempo. Nos enamoramos como cualquier mortal y eso muchas veces es
nuestra perdición. Bajamos la guardia porque nos olvidamos de que somos seres
perseguidos y que en cuanto nuestro enamorado se canse de nosotras o nos cambie
por una moza casadera que sea un mejor partido, todo lo que antes era amor y
pasión, se convierte en odio y desprecio. Y es cuando empiezan los rumores
sobre nuestra perversa naturaleza. Cuando estaban junto a nosotras todo era
felicidad sin preocupaciones ni obligaciones. Al abandonarnos y atarse a otra
nueva vida, cualquier dificultad o un revés en el camino, resulta ser por
nuestra culpa.
Hace semanas que recorro estos
bosques por las noches, con la luna como mi fiel guía y única compañía. De día
me cobijo en una de tantas grutas abandonas por otras mujeres perseguidas por
los mismos motivos que yo, que desgraciadamente fueron apresadas. Mi objetivo
es llegar a la frontera y atravesar las montañas. Si llega antes el invierno,
mi única salvación será embarcarme en la costa en el primer navío con pasaje
disponible para abandonar estas tierras y empezar de nuevo en cualquier otro lugar.
Quizá mis habilidades y conocimientos sean más valorados, en cualquier otro
rincón del Mediterráneo.
Espero que mi despechado amante
no descubra nunca el pequeño presente que le dejé bajo el forro de su capa
favorita. ¿Conseguirá su sueño de convertirse en un escritor de fama? Solo el
tiempo y su talento decidirán.
“El hogar está allí donde
uno puede bajar su cabeza“. Y se
acabó el libro. ¿Y qué leo yo ahora? Me preguntaba al seguir caminando calle
arriba. Paré frente a un escaparate en el que un llamativo neón rosa decía “Mi
fantasía textual es que me comas y punto”. Con esa sugerente invitación entré
en aquella librería, que al poner un pie dentro, su aroma la delató como de
segunda mano.
En las librerías se respira una
extraña paz, parecida al entrar en una iglesia. Una mezcla encantadora de
silencio y respeto, interrumpida puntualmente por alguna tos o el crujir del viejo
suelo de madera.
Pero hay una cosa que me inquieta
y rompe mi paz interior en cualquier estantería de libros, propia o ajena: el
momento de leer los títulos. Inclinas el cuello hacia la izquierda y tres títulos
después, ladeas la cabeza a la derecha, y con dos libros más, a la izquierda de
nuevo y así repites la operación hasta la eternidad. O hasta que te pones
nerviosa, pierdes la paciencia y decides ver las sugerencias, ubicadas estratégicamente
sobre una mesa para comodidad de todos.
¿Por qué las editoriales no se ponen
de acuerdo para poner en los lomos, el título hacia la misma
dirección?
Antes de abandonar la encantadora
librería con las manos vacías, me fijé en la enorme bañera de la entrada bajo
aquel sugerente neón rosa. Llena de libros hasta arriba, la mayoría bastante
deteriorados, pero al fijarme en el título de uno de ellos, supe que lo quería.
“Groucho y yo” – de Groucho Marx
De petita, el meu avi em portava a passejar tot sovint
al Parc de la Ciutadella. M’encantava una estàtua que hi havia a una font. Li
deien “La dama del paraigua”, una dona tota elegant al seu pedestal,
inabastable. Portava una fosca ombrel·la de ferro que contrastava amb el to
blanc del marbre de la resta de la figura, i que la protegia de les aus que li
voletejaven constantment al seu voltant. Em quedava allà parada meravellada,
observant aquell posat delicat que lluïa amb naturalitat, com si no pogués ser
d’una altra manera. Una dona jove, ben vestida, de bona família, amb una expressió relaxada, com d’aquella que
sap que no ha de patir per res a la vida. Suposo que m’agradava perquè
representava totalment el contrari del que jo era. El meu avi em donava uns
cèntims per comprar menjar al petit quiosc del parc i donar-li als coloms que
passejaven per allà.
Uns anys més tard, amb la mort del meu avi, la vida
se’m va torçar de nou, trobant-me de cop sola, i fent vida al carrer. Una senyora del barri em
va recollir a casa seva, però a canvi d’una habitació i dinar a taula, em va
suggerir dedicar-me a la que diuen la professió més vella del món.
De petita havia sentit a parlar als adults però mai
vaig interpretar a qué es referien, perquè tot sovint deien que ma mare, abans
de morir, s’hi havia dedicat també.
I no sé com, aquella manera de viure, que havia de ser
temporal fins trobar una altra feina més honorable o bé un bon home que em
volgués com la seva esposa, es va convertir en una forma de vida sense
adonar-me’n. Van anar passant els anys, i vaig anar a parar d’una habitació a
una altra, i quan vaig trobar algun home que em volia per a ell en exclusiva,
compartint-lo amb la seva dona, es clar, vaig passar d’un apartament a un
altre, però mai vaig tenir res meu.
Ara, a aquestes alçades de la vida, quan la majoria de
dones de la meva edat, ja tenen la jubilació, la vida solucionada, un marit,
fills i nets, una casa pagada on viure, jo em trobo igual que el primer dia.
Tinc una habitació llogada a un pis vell al pitjor barri de la ciutat. Amb el
que em trec dels meus pocs serveis, tot just m’arriba per pagar l’habitació i
alguna cosa per menjar. Sortosament
encara mantinc alguns clients de tota la vida. Moltes vegades només volen
companyia per sortir a passejar o anar al cinema, i em conviden a berenar o en
compren qualsevol cosa que necessiti. Els hi estic molt agraïda, no sé que
faria sense ells.
Acostumo a trobar-me’ls al Parc de la Ciutadella,
asseguda a un banc al costat de la meva
font preferida. El parc està molt canviat de quan anava a passejar amb l’avi,
però la bella dama de la font està fantàstica i tant distingida com sempre. No
com jo, que estic vella, arrugada i una mica pansida.
Jo també surto ara al carrer amb un paraigües, com
ella, no tant elegant, però si ben llampant, per a que qui em busqui em trobi
de seguida. A més, m’ajuda a guarir-me de la pluja a l’hivern, i aguantar les
hores de sol a l’estiu, perquè haig de dir que sempre he tingut una pell molt
delicada, i per la meva professió l’haig de cuidar.
Així que si veniu al parc i veieu una dona amagada
sota un colorit paraigua, alimentant d’amagatotis als coloms del seu voltant,
cosa que sembla estar prohibida avui dia, del tot segur que m’heu trobat.
"LIBRO ABIERTO"
Era el día de la rosa y el libro,
una de esas fechas especiales para nosotros. Estaba nerviosa porque en treinta
años era la primera vez que no encontraba un libro que me gustara para
regalarle.
Aquella noche, nada más llegar a
casa, él me entregó la rosa con un beso. Yo para compensar mi falta, le preparé
una cena romántica, acompañándola de un buen vino y su postre favorito. Antes
de ofrecerle un café, él hizo un gesto de levantarse para ir a buscar el libro
que había escogido para mí y sin darle tiempo a entregármelo le dije:
—Yo no tengo libro para ti… -
se hizo un breve silencio antes de que yo pudiera continuar la frase para
excusarme, cuando él me contestó…
—¡Cariño, tú eres mi libro! –
con aquella mirada traviesa suya y esa sonrisa de canalla que ponía cuando
quería algo de mí.
—¡Pues, espera que te abro las
páginas! – le contesté extrañamente ocurrente, rápida y muy descarada mientras
me subía el vestido y me quitaba las bragas.
Aquella noche follamos en la
cocina, después de meses sin tocarnos, y con una pasión que ya casi había
olvidado. Y también fue la última. Parece que mi deseo sexual se ha ido
apagando con los años, no sé si debido a mi inminente menopausia o que lo
nuestro se ha convertido en algo monótono y no nos excita lo suficiente.
Aquel verano pasamos las
vacaciones en nuestro apartamento de la costa. Una tarde en nuestra cala
favorita, vimos a una joven pareja estirados en sus toallas frente a nosotros. Al pasar las horas, se añadió una muchacha y
pudimos comprobar que en realidad se trataba de un trio. El muchacho iba
repartiendo besos, caricias y miradas cómplices indistintamente a ambas
jóvenes. Nosotros nos miramos el uno al otro con una sonrisa, entre sorprendidos
y admirados.
Por la noche mientras cenábamos
en la terraza del apartamento, noté que él estaba algo inquieto, como si
quisiera explicarme algo sin saber cómo empezar. Después de cenar echamos unas
partidas a las cartas y fue cuando me comentó precipitadamente y de sopetón:
—¿Te has fijado en aquellos tres de la
playa? ¿Esto será lo que ahora llaman “Poliamor”?
Tras una larga charla, aprovechó para
confesarme que notaba que nuestra relación decaía, que nos faltaban ganas,
ilusión, quizá probando algo nuevo… Yo le respondí que solo pensarlo me daba
una enorme pereza. No era precisamente lo que mi desordenado, caótico e
indisciplinado cuerpo me pedía en ese momento. Me excusé diciéndole que entendía
que él tuviera otras necesidades diferentes a las mías, nuestros biorritmos no
estaban sincronizados, quizá nunca lo estuvieron. Le confesé que yo no me veía
participando en un juego así. Ni buscándome otro amante ni compartiendo juegos
con él y otra persona al mismo tiempo.
Pero en un arranque de inesperada e
inconsciente generosidad por mi parte, le sugerí que, si él sentía la necesidad
de acostarse con otras, le daba la libertad de hacerlo, aunque le ponía tres
condiciones: Que yo no me enterara cuando lo hiciera ni con quien, que
fuera discreto para que nadie lo supiera y que siempre regresara a casa a
dormir.
Recuerdo su cara de incredulidad,
como aquel que le dicen que le ha tocado la lotería y piensa que es una broma.
Mi sorprendente y comprensiva respuesta, adaptada a los tiempos y las
circunstancias, me pareció la mejor solución para nuestra situación.
Pasaron unos meses y empezó a
quedar con algunos compañeros del trabajo y conocidos del gimnasio para cenar e
ir a tomar algo algunas noches. Yo ya sospeché de qué se trataba, pero como
habíamos hecho un trato, ni yo le preguntaba detalles ni él me explicaba.
Y el momento que yo temía desde
nuestro acuerdo, finalmente se materializó el día que subió una foto en redes declarando
estar enamorado y no era de mí. Aquella noche no vino a dormir a casa. Que tu
pareja flirtee con otras no es una amenaza, que folle puntualmente con otras
mientras vuelva a dormir a casa quizá tampoco, pero si es siempre con la misma,
puede que se encariñe y la cosa se convierta en algo más serio, y así fue.
Las condiciones de nuestro
acuerdo se habían roto y ya no tenía sentido seguir juntos, por lo que decidimos
separarnos. Nunca imaginé que a los pocos meses de nuestra separación recibiría
una llamada de mi cuñada informándome que había muerto.
Reuní todo el valor que pude para
asistir al funeral, ante las extrañas miradas de la que fue mi familia
política. Con una mezcla de vergüenza y falso orgullo conseguí darle el pésame
a todos, cuando ellos se debatían entre dármelo a mi o a su recién estrenada
pareja. Lo cierto es que durante aquel día y los siguientes no pude evitar
sentirme como una viuda. Me rompió el corazón saber por su hermana que había
muerto en la cama, de un infarto, asegurando con un malvado comentario, que al
menos se habría ido al otro mundo siendo feliz.
Y aquí me encuentro hoy, en la
terraza de nuestro apartamento, donde se ideó nuestro extraño acuerdo, y con un
libro abierto entre las manos, el último que me regaló. No puedo evitar pensar
que de continuar juntos quizá seguiría vivo, aunque sexualmente muerto, pero
vivo, al fin y al cabo.
AQUI podreis encontrar el resto de relatos participantes:
No puedo huir de ella. De esta voz que
oigo constantemente en mi cabeza. Me persigue incansable, allá a donde vaya, a
cualquier momento del día. Opina de todo lo que me ocurre, de todos los que me
rodean, de lo que me conviene y de lo que me sobra, de cómo debo pensar y
actuar. Pero yo no soy como ella pretende ¿o sí lo soy?
Es radical, perversa, drástica,
descarada y liberada. Pero yo no quiero ser así ¿o sí quiero?
Me sugiere ideas perturbadoras, me
empuja a tomar decisiones precipitadas y arriesgadas y me reta a hacer cosas
impensables que yo nunca sería capaz ¿o sí podría?
Es dañina cuando no respondo a sus
deseos, insiste en que ya se acabó el observar, escuchar, callar, sentir,
conformarse y pensar. Me presiona para que actúe, deje huella, y me atreva a
mostrar mi verdadero yo. ¿Debo hacerlo?
Ha activado en mi una cuenta atrás, que
oigo a cada segundo en mi cabeza. Tic-tac… Y cuando quiere convencerme, con su
tono sensual me provoca. ¡Hazlo, te lo deben, te lo mereces! ¿Me lo merezco?
Tic-tac … ¡Se acabó, llegó mi momento,
ya no pienso ignorarla más! Es la hora de la verdad, dejaré a todos bien claro
quién soy, se acabaron los juegos, sin piedad. Ahora si que me escucharán alto
y claro, verán de lo que soy capaz… Esa voz… Tic-tac…
¿Será cosa del diablo, o simplemente es que el diablo soy yo?
Mi abuelo fue siempre una persona muy extrovertida, habladora
y divertida. Pese a su triste infancia, ya que a muy temprana edad quedó
huérfano y acabaron criándolo sus abuelos, nunca perdió el entusiasmo por la
vida y su buen humor.
Me explicaba historias de su niñez y adolescencia en la
escuela y sus aventuras con sus compañeros, de sus numerosos trabajos en su
juventud y de los buenos amigos que había encontrado en el camino.
Rara vez hablaba de su familia, era lo único que le apagaba
un poco el ánimo y le borraba la sonrisa del rostro. Aunque sí había un
familiar que con solo nombrarlo se le iluminaba de nuevo la mirada. Siempre
explicaba que tenía un ilustre antepasado, pariente de su abuela que era
natural de Reus. Fue un gran artista de su época, dibujante y arquitecto,
aunque en su momento no se le dio todo el crédito e importancia que se merecía.
Tras su muerte, al ser atropellado por un tranvía, con los años fue considerado
un genio y todo un símbolo del modernismo.
Siempre que me tropezaba con alguna de sus joyas arquitectónicas,
en mi ciudad o en mis viajes por todo el país, no podía evitar acordarme de mi
abuelo y de sus historias, aunque no me acababa de creer que su parentesco con
el célebre artista fuera cierto.
Uno de sus primos, por el afán de presumir de tan ilustre
parentesco, se puso el apellido compuesto de su madre para conservarlo. Mi
abuelo fue más humilde que todo eso y nunca se le ocurrió semejante maniobra. Lo
que sí hizo cuando se jubiló, siendo muy aficionado a la genealogía y la
heráldica, fue visitar distintos lugares entre Reus y Valls para recopilar
información sobre sus antepasados. Así fue como un día me mostró orgulloso sus hallazgos, los
documentos que certificaban su parentesco con el famoso arquitecto.
Paseando por la ciudad encuentro numerosos ejemplos de su
atrevida y revolucionaria obra: Mansiones, parques, escuelas, edificios
religiosos y hasta un hospital, en el que casualmente trabajo desde hace años.
Cada tarde al salir del hospital, me gusta caminar unas manzanas hasta llegar a la boca de metro, para despejarme un poco del estres del trabajo antes de regresar a casa. Justo ahora estoy pasando por un momento en el que tengo que lidiar con muchos cambios y contratiempos en mi vida, y hay días en los que me sobrepasa. A menudo salgo pensando en mis cosas y tras caminar veinte minutos, he llegado al metro sin darme cuenta. Soy consciente que a veces voy hablando por teléfono, contestando mensajes, escuchando música o simplemente distraída con mis pensamientos que me aíslan del mundo exterior. Todo ello se convierte en peligroso e inconsciente, cuando has cruzado varias calles con un denso tráfico y ni siquiera te has percatado de ello.
Una de esas tardes recibí una llamada de mi expareja,
discutimos de varios temas pendientes de resolver tras nuestra reciente
separación. De un tema fuimos pasando a otro, y la discusión se fue acalorando,
hasta tal punto que ya no me quedaban ni argumentos ni energías para seguir
discutiendo así que decidí colgarle. Mientras guardaba mi móvil en el bolso y
seguía caminando indignada, recordando todas las cosas que me había echado en
cara en la conversación, noté un fuerte tirón en el brazo que me arrastró hacia
atrás.
Justo en ese momento noté como una fuerte corriente de aire tibio
me acariciaba el rostro, retirándome el flequillo de la frente, dejándome ver
como pasaba velozmente un tranvía a escasos centímetros de mi cara. En ese
instante, solo de pensar lo que podía haber ocurrido, empecé a sudar, me costaba
respirar y las piernas me temblaban. Busqué a mi alrededor quien había sido el ángel
de la guarda, que me había salvado de un horrible desenlace, aunque sin éxito,
ya que todo el mundo iba arriba y abajo con el ritmo ajetreado de la gran ciudad.
Busqué un banco cercano para sentarme y recuperarme de
semejante susto. No pude contener las lágrimas por más tiempo y me eché a
llorar. Vi acercarse a un anciano que paseaba por allí, con un atuendo pintoresco.
Acompañado de un viejo bastón y un desgastado y peculiar sombrero, parecía una
aparición de otra época. Acabó sentándose a mi lado e intenté serenarme:
—¡Te has librado de una buena esta
tarde, jovencita!
—¿Estaba
usted allí cuando casi me atropellan?
—No
solo eso. Si no llego a tirar de ti, no lo cuentas. Lo veo cada día durante mis
paseos. Ahora vais todos distraídos sin fijaros en los peligros que os rodean.
No pasan más accidentes porque Dios no quiere. Aunque bueno, supongo que no soy
la persona más adecuada para reñirte por ello.
—¡Pues
le estaré eternamente agradecida, señor! ¡No sé cómo darle las gracias, de
verdad! ¡Me ha salvado usted la vida!
—No se merecen, jovencita. Supongo que la familia estamos para cuidar de los nuestros…
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