Para ello, nos deja unas fotografías de Slim Aarons, para que elijamos las que nos sirvan de inspiración para construir nuestro relato.
Hay mañanas que al ir a ducharme
para salir pitando a trabajar, evito mirarme al espejo. El reflejo que me
devuelve estos últimos meses me inquieta. No es por ver como el paso del tiempo
se ceba conmigo ya que nunca he sido especialmente presumida. Descubrir una
cana nueva por aquí y alguna pequeña arruga o mancha en mi piel por allá, no me
quita el sueño, aún. Pero sí que hay pequeños detalles que veo en el espejo que
me perturban y hacen que los engranajes de mi mente se pongan en marcha y mi
traicionera memoria me devuelva recuerdos que ya estaba empezando a olvidar.
No puedo evitar recordarla cuando
al mirar mi reflejo la veo a ella. Los mismos ojos de ese peculiar tono gris
tirando a violeta, que inspiró mi nombre. Ahora ya apagados y cansados, sin
fuerzas ni ánimos para luchar por nada ni nadie. Esa boca pequeña que antes, con
sus labios carnosos y aquel tono rojizo invitaba a besarla, pero que ha ido
perdiendo la intensad de la juventud. Ahora con ese gesto torcido como de
desaprobación por todo lo que nos ha deparado la vida, o por todo aquello que
nos ha negado.
Esas orejas pequeñas, pero
caprichosamente arqueadas hacia delante, como si estuvieran preparadas para
huir en cualquier momento, pero que al final siempre se quedan por pura
cobardía.
Nuestra redondita y chata nariz,
herencia familiar de varias generaciones, por la que se deslizan
caprichosamente mis gafas. Hacen que con mi mirada por encima de ellas aparezca
una listilla descarada y prepotente que desprecia abiertamente cualquier
comentario o idea ingeniosa que se te ocurra, como ella también solía hacer,
pisoteando cualquiera de mis ilusiones juveniles. ¡Ay, esa nariz, si hubiera
ido creciendo con cada mentirijilla suya! La de disgustos que nos hubiéramos
ahorrado, o quizá no.
El pelo negro como una noche sin
luna, pero mágicamente rojizo bajo los rayos de sol. Ensortijado y rebelde,
aunque pareciera libre, más bien resultaba caótico y desordenado, imposible de
peinar y dominar, como ella misma, supongo.
Al lavarme las manos menudas, veo sus
dedos cortitos y regordetes, y recuerdo sus uñas tan bien recortadas, limpias y
perfectamente pintadas, cuidadas como las de una señora, aunque no se puede
decir lo mismo de las mías, olvidadas de cualquier arreglo.
En ocasiones sale de mi boca
alguna expresión, como aquellas que ella utilizaba habitualmente y que tanto
odio oírmelas decir ahora. Como cuando decía orgullosa “el único libro
que me he leído fue el misal de la comunión”. No dudo que un hada del bosque
del “Gran Conocimiento y Curiosidad” fallecía irremediablemente al pronunciar
aquellas palabras, lo sé. Y algo del poco respeto y admiración que me quedaba
por ella, si es que alguna vez lo tuve, también.
La recuerdo sentada, mirando hacia la
televisión, como si fijara la vista en la pantalla. Pero su mente volaba, ya no
estaba allí sino calculando y tejiendo alguna historia con la que conmovernos y
pedirnos algún favor. Mientras lo hacia sus inexistentes cejas, en su juventud
finas y cuidadas, ahora desaparecidas y sustituidas por una delgada línea
pintada, marcaban una expresión y un ánimo distintos según su habilidad de esa
mañana para ser dibujadas, por su tembloroso pulso.
Cuando yo era niña y quería
castigarme o hacerme sentir culpable por cualquier cosa que hiciera que no
fuera de su agrado, me decía con voz muy afectada “Eres igual que tu padre”.
Siempre lo asocié a algo negativo, ya que interpreté que debería ser una mala
persona por habernos abandonado. Y automáticamente buscaba la manera de
compensarle mi mal comportamiento y el mal trago, alagando su maestría en la
cocina, su inteligencia y desenvoltura con cualquier cosa, cuando en realidad
era negada para todo, no por capacidad, sino por falta de interés y cobardía,
que es la peor razón por la que uno se frena a hacer cualquier cosa en la vida.
Crecí como una niña insegura,
temerosa de todo, tímida en cualquier relación social, acobardada ante toda
novedad, rendida antes de empezar cualquier proyecto, miedosa del futuro, nunca
decidida a emprender nada nuevo, ni me veía suficiente atractiva o interesante
para que nadie se fijara en mí. Y ella lo sabía, y lo peor de todo es que lo
alimentaba. Me moldeó a su medida, me convirtió en una hija complaciente hasta
tal punto que llegué a vestir exclusivamente con la ropa que ella me compraba,
utilizaba su misma colonia, escuchaba la música que a ella le gustaba, solo
íbamos al cine a ver las películas que ella escogía. Mi única rebeldía era
escaparme de vez en cuando a la biblioteca, o leer a escondidas en casa alguna
novela romántica, que camuflaba entre mis cuadernos y libros de la escuela,
convencida que allí nunca las encontraría. Nunca me di ningún capricho de niña,
eso me ha hecho ser la mujer austera que soy ahora. Tenía una pequeña hucha que
los primeros años alimentaba con ilusión con algunas aportaciones que me daban
mis abuelos y mis tíos. Con cualquier pretexto, como una imperiosa
necesidad ella me demandaba y yo siempre la abría para ayudarla, pero luego resultaba ser algún capricho, un vestido o
perfume nuevo que ella se regalaba. Y yo tonta de mi, siempre caía en la trampa.
Siempre fue una madre posesiva y
exageradamente protectora. Su vida se centró en mí y mi vida fue la suya. Su
decepcionante historia de amor con mi padre, al que nunca conocí, hizo que se
amargara la vida pensando en lo dañinos y engañosos que eran los hombres, e
intoxicando la percepción que tendría de ellos durante mucho tiempo.
Pocos hombres se interesaron por
mí, y todos ellos huyeron de mi lado al conocerla. Y ella lo sabía, que con
cada decepción amorosa, más me anclaría a su lado. Hubo una temporada en la que
me aventuré a salir con algunos amigos de mis amigas. El experimento no salió
bien del todo, fue una época en la que me lo pasé bien, aunque con una
decepción tras otra.
Cuando me arreglaba para salir, o
pasaba la noche fuera, la cara se le transfiguraba. Al regresar siempre me
esperaba para decirme: “Esta Violeta no me gusta”. Y cuando se enteró que
empezaba a salir con gente que conocía por Internet, entonces eso ya la superó
del todo.
Volvió a recurrir al viejo truco
que ya utilizaba en mi infancia para salirse con la suya, pero que ahora ya no
funcionaba. “Cualquier día de estos me tiraré por el balcón y acabaré con
todo”, me decía. Ya podeis imaginaros lo que supone oír esto a tu madre con escasos
diez años cumplidos.
Estuve años temiendo el sonido
que marca el final del programa en la lavadora, pensando que al salir a tender
la colada a la terraza cumpliera su amenaza. Siendo ya adulta, la miraba de
reojo al salir fuera, y confieso que en alguna ocasión pensabas si sería ese el
día, pero una pequeña parte de mi se decepcionaba al comprobar que de nuevo no
tenía agallas para dar el paso. Si tan cansada de vivir estaba, según ella me
recordaba incansablemente cada día de nuestras vidas, ¿por qué no lo hizo nunca?
Ella ya no está y tengo una extraña doble sensación que me inquieta. Por un lado, cierta tristeza al pensar que he perdido a la constante de mi existencia y me siendo como una niña perdida. Por otro, cierto alivio y ligereza al saber que el lastre que frenaba mi vida y me impedía disfrutarla, ya no está y soy libre para hacer nuevas amistades, vestirme como quiera, escuchar la música que realmente me guste, disfrutar de nuevas películas y viajar donde y con quien me apetezca.
AQUÍ podreis leer el resto de relatos participantes en esta propuesta.






















.jpg)












