Para el concurso de este mes, nuestros amigos de "EL TINTERO DE ORO", han propuesto hacer un pequeño homenaje a la obra de Emilia Pardo Bazán, concretamente a su novela "Los pazos de Ulloa".
AQUI podreis encontrar el resto de relatos participantes.
CUESTIÓN (DE) QUÍMICA
Siempre tuve ciertos instintos que no podía reprimir. Era
consciente de que no eran buenos ni deseables para nadie, pero supongo que era
parte de mi naturaleza y no podía mantenerlos a raya. Ellos eran los que me
impulsaban y me hacían actuar. Me gobernaban totalmente y no tenía ningún
control sobre ellos.
Me dejé llevar durante años y no fueron pocas veces las que estuve
al límite y a punto de ser pillado en mis fechorías. Pero supongo que la suerte
siempre me había acompañado.
En muchas ocasiones se trataba de aprovechar las
oportunidades, en las discotecas o en alguna fiesta multitudinaria,
escabullirme hábilmente y buscar alguna víctima indefensa, quizá algo ebria, que
no pudiera luego recordarme y denunciarme.
Con el tiempo me di cuenta que ya no podía transitar por
aquellos mismos lugares y mi ruta cambió, a otros locales nuevos. Mi estrategia
también, ya que el modo de actuar lo requería por lo selecto de la
concurrencia. En estos locales más exclusivos mi técnica consistía en
administrar algunas drogas puntualmente a los objetivos que me había marcado y
dejarlas fuera de combate en un breve espacio de tiempo, para llegar a mi meta.
Supongo que el éxito relativamente fácil en mis incursiones y
conquistas me hizo relajarme y ser demasiado confiado, hasta tal punto que la
última vez que volví a uno de los clubs nocturnos me estaba esperando una
patrulla para detenerme. Por lo visto varias clientas habían denunciado abusos
en confusas y turbias circunstancias explicando sus experiencias, y la policía
vio un “modus operandi”. Un patrón que finalmente, le llevó a mí con la ayuda
de los trabajadores del local.
Tras un rápido juicio con varias acusaciones por violación, me
dieron a escoger entre dos opciones. La primera era un ingreso en prisión de
por vida, por acumular tantos casos denunciados y demostrados. La segunda
opción era optar por la castración química. Mi abogado me la recomendó
especialmente en mi caso desde el principio del proceso, y decidí seguir sus
consejos. No quiero imaginarme que hubiera sido de mí en la cárcel al conocer
el resto de los presos la causa de mi condena.
Ya hace unos días que salí del hospital, y tengo que decir
que de alguna forma me siento más ligero, relajado y centrado en otras cosas
que antes ni hubiera imaginado.
Me he librado de una larga y triste vida en la cárcel, pero
también de una vida de esclavitud a merced de mis instintos incontrolables y
bajas pasiones violentas, tan dañinas para las mujeres que se cruzasen en mi
camino.
En ocasiones siento una especie de vacío en mi vida. Si antes
no podía quitármelas de la cabeza, y observarlas lujuriosamente cuando se
cruzaban conmigo en la calle, en el trabajo o en el metro, ahora se han
convertido en invisibles e inexistentes para mí. Las que vivían en mi entorno
más cercano, fueran compañeras de trabajo, conocidas, amigas de mis amigos o
familiares, han optado por mantenerse bien lejos de mi al saber de mis
tendencias y también de la solución.
Supongo que no están seguras todavía de que este nuevo
remedio sea exitoso y tenga los efectos esperados en un depredador como yo. Sus
objetivos son ambiciosos y esperanzadores para la gran mayoría de la población,
que esperaba desde siempre una solución definitiva a este antiguo y casi
enquistado problema. Supongo que el tiempo lo dirá.
Estamos a finales del siglo XXI, algunas cosas son más
antiguas que el mismo mundo, pero todavía persisten. Otras están por
desaparecer porque cualquier conducta inaceptable se castiga y no queda impune.
En nuestra sociedad hemos conseguido por fin la equidad entre hombres y mujeres,
por lo que sus necesidades y amenazas son escuchadas y se tienen en cuenta. Apenas
hay diferencias entre ricos y pobres, al menos ante la ley, que se aplica
implacablemente sin hacer distinción. Se protege al débil como casi el objetivo
máximo de toda sociedad y la ley lo ampara. No existen ya los abusos sobre
menores, ni sobre las personas mayores o desvalidas, ahora si tienen quien los
defienda.
“Somos hombres y no
bestias”, rezaba el cartel de la puerta en la prisión en la que tuve la
oportunidad de ingresar definitivamente si no aceptaba esta solución alternativa
a mi problema. Sin duda hubiera sido reeducado tras largos años de sufrimientos
y excesos, tras aplicarme métodos quizá muy prácticos, asépticos y resolutivos,
aunque poco éticos.
Siempre tendré la duda de si fue la decisión correcta. Hay
una voz dentro de mi cabeza que me asegura que acerté, que era lo correcto, que
no había otra opción posible para mí. Sin
embargo, hay algo en mis entrañas, como un susurro, un cosquilleo, un vacío, que
me dice que fue un gran error.
AQUI podreis encontrar el resto de relatos participantes.

