Así que a ver a donde nos lleva esta azarosa elección...
“El hogar está allí donde
uno puede bajar su cabeza“. Y se
acabó el libro. ¿Y qué leo yo ahora? Me preguntaba al seguir caminando calle
arriba. Paré frente a un escaparate en el que un llamativo neón rosa decía “Mi
fantasía textual es que me comas y punto”. Con esa sugerente invitación entré
en aquella librería, que al poner un pie dentro, su aroma la delató como de
segunda mano.
En las librerías se respira una
extraña paz, parecida al entrar en una iglesia. Una mezcla encantadora de
silencio y respeto, interrumpida puntualmente por alguna tos o el crujir del viejo
suelo de madera.
Pero hay una cosa que me inquieta
y rompe mi paz interior en cualquier estantería de libros, propia o ajena: el
momento de leer los títulos. Inclinas el cuello hacia la izquierda y tres títulos
después, ladeas la cabeza a la derecha, y con dos libros más, a la izquierda de
nuevo y así repites la operación hasta la eternidad. O hasta que te pones
nerviosa, pierdes la paciencia y decides ver las sugerencias, ubicadas estratégicamente
sobre una mesa para comodidad de todos.
¿Por qué las editoriales no se ponen
de acuerdo para poner en los lomos, el título hacia la misma
dirección?
Antes de abandonar la encantadora
librería con las manos vacías, me fijé en la enorme bañera de la entrada bajo
aquel sugerente neón rosa. Llena de libros hasta arriba, la mayoría bastante
deteriorados, pero al fijarme en el título de uno de ellos, supe que lo quería.
“Groucho y yo” – de Groucho Marx

