dijous, 20 d’agost del 2026

Ginebra Blonde - Reto de Verano en Serendipia - Tema: La vida - " Reflejos en Violeta"


¡Hola blogueros!

Parece que al fin he sacado un poquito de tiempo para escribir algunas líneas y participar en la propuesta veraniega de nuestra amiga GINEBRA BLONDE desde su blog SERENDIPIA.

Para este verano nos propone reflexionar sobre LA VIDA. ¿Qué nos inspira? ¿Cuántas veces paramos a reflexionar sobre ella? ¿En qué cosas, personas o situaciones la reconocemos? ¿Qué nos impulsa a caminar y a levantarnos cada día? ¿Tememos a ese supuesto e inminente final, o creemos que nada termina, que somos una sucesión de vidas que se transforman eternamente? ¿Qué añadiríamos o suprimiríamos si estuviese en nuestras manos? Así que reflexionemos y pongamos palabras a lo que sentimos o imaginados si nos dicen: VIDA.

Para ello, nos deja unas fotografías de Slim Aarons, para que elijamos las que nos sirvan de inspiración para construir nuestro relato.

AQUÍ podreis leer el resto de relatos participantes en esta propuesta:



Foto de Slim Aarons


"REFLEJOS EN VIOLETA"

Hay mañanas que al ir a ducharme para salir pitando a trabajar, evito mirarme al espejo. El reflejo que me devuelve estos últimos meses me inquieta. No es por ver como el paso del tiempo se ceba conmigo ya que nunca he sido especialmente presumida. Descubrir una cana nueva por aquí y alguna pequeña arruga o mancha en mi piel por allá, no me quita el sueño, aún. Pero sí que hay pequeños detalles que veo en el espejo que me perturban y hacen que los engranajes de mi mente se pongan en marcha y mi traicionera memoria me devuelva recuerdos que ya estaba empezando a olvidar.

No puedo evitar recordarla cuando al mirar mi reflejo la veo a ella. Los mismos ojos de ese peculiar tono gris tirando a violeta, que inspiró mi nombre. Ahora ya apagados y cansados, sin fuerzas ni ánimos para luchar por nada ni nadie. Esa boca pequeña que antes, con sus labios carnosos y aquel tono rojizo invitaba a besarla, pero que ha ido perdiendo la intensad de la juventud. Ahora con ese gesto torcido como de desaprobación por todo lo que nos ha deparado la vida, o por todo aquello que nos ha negado.

Esas orejas pequeñas, pero caprichosamente arqueadas hacia delante, como si estuvieran preparadas para huir en cualquier momento, pero que al final siempre se quedan por pura cobardía.

Nuestra redondita y chata nariz, herencia familiar de varias generaciones, por la que se deslizan caprichosamente mis gafas. Hacen que con mi mirada por encima de ellas aparezca una listilla descarada y prepotente que desprecia abiertamente cualquier comentario o idea ingeniosa que se te ocurra, como ella también solía hacer, pisoteando cualquiera de mis ilusiones juveniles. ¡Ay, esa nariz, si hubiera ido creciendo con cada mentirijilla suya! La de disgustos que nos hubiéramos ahorrado, o quizá no.

El pelo negro como una noche sin luna, pero mágicamente rojizo bajo los rayos de sol. Ensortijado y rebelde, aunque pareciera libre, más bien resultaba caótico y desordenado, imposible de peinar y dominar, como ella misma, supongo.

Al lavarme las manos menudas, veo sus dedos cortitos y regordetes, y recuerdo sus uñas tan bien recortadas, limpias y perfectamente pintadas, cuidadas como las de una señora, aunque no se puede decir lo mismo de las mías, olvidadas de cualquier arreglo.

En ocasiones sale de mi boca alguna expresión, como aquellas que ella utilizaba habitualmente y que tanto odio oírmelas decir ahora. Como cuando decía orgullosa “el único libro que me he leído fue el misal de la comunión”. No dudo que un hada del bosque del “Gran Conocimiento y Curiosidad” fallecía irremediablemente al pronunciar aquellas palabras, lo sé. Y algo del poco respeto y admiración que me quedaba por ella, si es que alguna vez lo tuve, también.

La recuerdo sentada, mirando hacia la televisión, como si fijara la vista en la pantalla. Pero su mente volaba, ya no estaba allí sino calculando y tejiendo alguna historia con la que conmovernos y pedirnos algún favor. Mientras lo hacia sus inexistentes cejas, en su juventud finas y cuidadas, ahora desaparecidas y sustituidas por una delgada línea pintada, marcaban una expresión y un ánimo distintos según su habilidad de esa mañana para ser dibujadas, por su tembloroso pulso.

Cuando yo era niña y quería castigarme o hacerme sentir culpable por cualquier cosa que hiciera que no fuera de su agrado, me decía con voz muy afectada “Eres igual que tu padre”. Siempre lo asocié a algo negativo, ya que interpreté que debería ser una mala persona por habernos abandonado. Y automáticamente buscaba la manera de compensarle mi mal comportamiento y el mal trago, alagando su maestría en la cocina, su inteligencia y desenvoltura con cualquier cosa, cuando en realidad era negada para todo, no por capacidad, sino por falta de interés y cobardía, que es la peor razón por la que uno se frena a hacer cualquier cosa en la vida.

Crecí como una niña insegura, temerosa de todo, tímida en cualquier relación social, acobardada ante toda novedad, rendida antes de empezar cualquier proyecto, miedosa del futuro, nunca decidida a emprender nada nuevo, ni me veía suficiente atractiva o interesante para que nadie se fijara en mí. Y ella lo sabía, y lo peor de todo es que lo alimentaba. Me moldeó a su medida, me convirtió en una hija complaciente hasta tal punto que llegué a vestir exclusivamente con la ropa que ella me compraba, utilizaba su misma colonia, escuchaba la música que a ella le gustaba, solo íbamos al cine a ver las películas que ella escogía. Mi única rebeldía era escaparme de vez en cuando a la biblioteca, o leer a escondidas en casa alguna novela romántica, que camuflaba entre mis cuadernos y libros de la escuela, convencida que allí nunca las encontraría. Nunca me di ningún capricho de niña, eso me ha hecho ser la mujer austera que soy ahora. Tenía una pequeña hucha que los primeros años alimentaba con ilusión con algunas aportaciones que me daban mis abuelos y mis tíos. Con cualquier pretexto, como una imperiosa necesidad ella me demandaba y yo siempre la abría para ayudarla, pero luego resultaba ser algún capricho, un vestido o perfume nuevo que ella se regalaba. Y yo tonta de mi, siempre caía en la trampa.

Siempre fue una madre posesiva y exageradamente protectora. Su vida se centró en mí y mi vida fue la suya. Su decepcionante historia de amor con mi padre, al que nunca conocí, hizo que se amargara la vida pensando en lo dañinos y engañosos que eran los hombres, e intoxicando la percepción que tendría de ellos durante mucho tiempo.

Pocos hombres se interesaron por mí, y todos ellos huyeron de mi lado al conocerla. Y ella lo sabía, que con cada decepción amorosa, más me anclaría a su lado. Hubo una temporada en la que me aventuré a salir con algunos amigos de mis amigas. El experimento no salió bien del todo, fue una época en la que me lo pasé bien, aunque con una decepción tras otra.

Cuando me arreglaba para salir, o pasaba la noche fuera, la cara se le transfiguraba. Al regresar siempre me esperaba para decirme: “Esta Violeta no me gusta”. Y cuando se enteró que empezaba a salir con gente que conocía por Internet, entonces eso ya la superó del todo.

Volvió a recurrir al viejo truco que ya utilizaba en mi infancia para salirse con la suya, pero que ahora ya no funcionaba. “Cualquier día de estos me tiraré por el balcón y acabaré con todo”, me decía. Ya podeis imaginaros lo que supone oír esto a tu madre con escasos diez años cumplidos.

Estuve años temiendo el sonido que marca el final del programa en la lavadora, pensando que al salir a tender la colada a la terraza cumpliera su amenaza. Siendo ya adulta, la miraba de reojo al salir fuera, y confieso que en alguna ocasión pensabas si sería ese el día, pero una pequeña parte de mi se decepcionaba al comprobar que de nuevo no tenía agallas para dar el paso. Si tan cansada de vivir estaba, según ella me recordaba incansablemente cada día de nuestras vidas, ¿por qué no lo hizo nunca?

Ella ya no está y tengo una extraña doble sensación que me inquieta. Por un lado, cierta tristeza al pensar que he perdido a la constante de mi existencia y me siendo como una niña perdida. Por otro, cierto alivio y ligereza al saber que el lastre que frenaba mi vida y me impedía disfrutarla, ya no está y soy libre para hacer nuevas amistades, vestirme como quiera, escuchar la música que realmente me guste, disfrutar de nuevas películas y viajar donde y con quien me apetezca.

Foto de Slim Aarons


Así que este verano, el primero que pasaré sin ella, tengo la firme determinación de disfrutarlo hasta el último segundo y aprovechar el tiempo perdido. Este y todos los que vendrán. Estoy en una edad en la que soy todavía joven para ser mayor y demasiado mayor para ser joven. ¡No tengo tiempo que perder! Como dice la canción… “El tiempo que se pierde, no vuelve”.

AQUÍ podreis leer el resto de relatos participantes en esta propuesta.




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