Mi abuelo fue siempre una persona muy extrovertida, habladora
y divertida. Pese a su triste infancia, ya que a muy temprana edad quedó
huérfano y acabaron criándolo sus abuelos, nunca perdió el entusiasmo por la
vida y su buen humor.
Me explicaba historias de su niñez y adolescencia en la
escuela y sus aventuras con sus compañeros, de sus numerosos trabajos en su
juventud y de los buenos amigos que había encontrado en el camino.
Rara vez hablaba de su familia, era lo único que le apagaba
un poco el ánimo y le borraba la sonrisa del rostro. Aunque sí había un
familiar que con solo nombrarlo se le iluminaba de nuevo la mirada. Siempre
explicaba que tenía un ilustre antepasado, pariente de su abuela que era
natural de Reus. Fue un gran artista de su época, dibujante y arquitecto,
aunque en su momento no se le dio todo el crédito e importancia que se merecía.
Tras su muerte, al ser atropellado por un tranvía, con los años fue considerado
un genio y todo un símbolo del modernismo.
Siempre que me tropezaba con alguna de sus joyas arquitectónicas,
en mi ciudad o en mis viajes por todo el país, no podía evitar acordarme de mi
abuelo y de sus historias, aunque no me acababa de creer que su parentesco con
el célebre artista fuera cierto.
Uno de sus primos, por el afán de presumir de tan ilustre
parentesco, se puso el apellido compuesto de su madre para conservarlo. Mi
abuelo fue más humilde que todo eso y nunca se le ocurrió semejante maniobra. Lo
que sí hizo cuando se jubiló, siendo muy aficionado a la genealogía y la
heráldica, fue visitar distintos lugares entre Reus y Valls para recopilar
información sobre sus antepasados. Así fue como un día me mostró orgulloso sus hallazgos, los
documentos que certificaban su parentesco con el famoso arquitecto.
Paseando por la ciudad encuentro numerosos ejemplos de su
atrevida y revolucionaria obra: Mansiones, parques, escuelas, edificios
religiosos y hasta un hospital, en el que casualmente trabajo desde hace años.
Cada tarde al salir del hospital, me gusta caminar unas manzanas hasta llegar a la boca de metro, para despejarme un poco del estres del trabajo antes de regresar a casa. Justo ahora estoy pasando por un momento en el que tengo que lidiar con muchos cambios y contratiempos en mi vida, y hay días en los que me sobrepasa. A menudo salgo pensando en mis cosas y tras caminar veinte minutos, he llegado al metro sin darme cuenta. Soy consciente que a veces voy hablando por teléfono, contestando mensajes, escuchando música o simplemente distraída con mis pensamientos que me aíslan del mundo exterior. Todo ello se convierte en peligroso e inconsciente, cuando has cruzado varias calles con un denso tráfico y ni siquiera te has percatado de ello.
Una de esas tardes recibí una llamada de mi expareja,
discutimos de varios temas pendientes de resolver tras nuestra reciente
separación. De un tema fuimos pasando a otro, y la discusión se fue acalorando,
hasta tal punto que ya no me quedaban ni argumentos ni energías para seguir
discutiendo así que decidí colgarle. Mientras guardaba mi móvil en el bolso y
seguía caminando indignada, recordando todas las cosas que me había echado en
cara en la conversación, noté un fuerte tirón en el brazo que me arrastró hacia
atrás.
Justo en ese momento noté como una fuerte corriente de aire tibio
me acariciaba el rostro, retirándome el flequillo de la frente, dejándome ver
como pasaba velozmente un tranvía a escasos centímetros de mi cara. En ese
instante, solo de pensar lo que podía haber ocurrido, empecé a sudar, me costaba
respirar y las piernas me temblaban. Busqué a mi alrededor quien había sido el ángel
de la guarda, que me había salvado de un horrible desenlace, aunque sin éxito,
ya que todo el mundo iba arriba y abajo con el ritmo ajetreado de la gran ciudad.
Busqué un banco cercano para sentarme y recuperarme de
semejante susto. No pude contener las lágrimas por más tiempo y me eché a
llorar. Vi acercarse a un anciano que paseaba por allí, con un atuendo pintoresco.
Acompañado de un viejo bastón y un desgastado y peculiar sombrero, parecía una
aparición de otra época. Acabó sentándose a mi lado e intenté serenarme:
—¡Te has librado de una buena esta
tarde, jovencita!
—¿Estaba
usted allí cuando casi me atropellan?
—No
solo eso. Si no llego a tirar de ti, no lo cuentas. Lo veo cada día durante mis
paseos. Ahora vais todos distraídos sin fijaros en los peligros que os rodean.
No pasan más accidentes porque Dios no quiere. Aunque bueno, supongo que no soy
la persona más adecuada para reñirte por ello.
—¡Pues
le estaré eternamente agradecida, señor! ¡No sé cómo darle las gracias, de
verdad! ¡Me ha salvado usted la vida!
—No se merecen, jovencita. Supongo que la familia estamos para cuidar de los nuestros…



¡Hola! Muchas gracias por participar en el Concurso de Relatos 50 ed. en El Tintero de Oro. ¡Suerte!
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